Martes, 11 de enero de 2005
Fragmento de Óscar.
Llevaría una eternidad allí dentro, si bien todo tiempo que pasara en aquel sucio antro lo juzgaba exiguo. Pidió entonces su enésimo whisky y en aquel preciso instante la inamovible escena se tornó incómoda, quebrantada por la categórica voz del joven camarero:
- ¿No cree que está usted bebiendo demasiado?
El muchacho no llegaría a los veinte años. Rostro enjuto, ojos verdes y saltones dignos de peculiar reptil acuático, una ridícula barba adornando el mentón, descuidadamente peinado y con un cuerpo que reventaba camisetas.
Nuestro amigo ya le había juzgado, solía hacerlo con frecuencia sin intimar con los sujetos en cuestión y aún así no solía equivocarse. Esta vez tampoco era una excepción, especulaba sobre él sabiendo que no era un adolescente corriente. No confesaba con ningún estereotipo juvenil del momento y sus atuendos asomando debajo del delantal así lo confirmaban. Posiblemente habría madurado antes que sus homólogos de edad y prueba de ello era su arduo trabajo que le encerraba durante horas en aquel asqueroso garito aguantando a indeseables como él mismo. Sintió una mezcla entre compasión, hacia su vida e indignación, por haberle interrumpido tan invariable velada; pero decidió controlarse, a sabiendas que el muchacho no era el más indicado para ser el centro de su ira no desahogada en años y le contestó del modo más amable que la vida le había enseñado:
- Yo también lo creo, pero ponme otra copa por favor.
El bonachón camarero se limitó a seguir sus órdenes, aunque le hubiera gustado poder preguntarle a cerca del porqué de los excesos con el alcohol y si todo en su vida era igual de abundante. Levantó la segunda botella del peor whisky que tenía y le ofreció el último copazo por ese día.
Se lo bebió rápido, la costumbre no entiende de paciencia en estos casos, y le instó al otro lado de la barra para que le cobrara.
- Déjelo. Hoy invita la casa.
Algo ebrio ya, se quedo sorprendido ante tal ofrecimiento y dudando de los motivos que tendría el joven para deshacerse de un buen puñado de monedas con los que comprar sus sueños se detuvo antes de salir y procedió a brindar su agradecimiento, como sólo él sabía:
- No debería ir invitando por ahí a extraños.
Continuará...
Óscar.
Por: Israel Mondejar | Literatura | Comentarios (0) | Referencias (0)
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