Sábado, 08 de enero de 2005
Fragmento de Óscar.
Decidido, ahora sí, se disfrazó de persona poniéndose la careta para salir e improvisó una sonrisa para combatir la impertinente lluvia, que hacía todo siempre más difícil para los que un día estuvieron acostumbrados a la tranquilidad de lo cotidiano.
Como un autómata apareció en la calle y fue allí donde pudo distinguir la realidad ajena, el conflicto entre los mansos borregos hipnotizados de falsa felicidad.
Hasta llegar a su destino, por lo menos el de hoy, se cruzó con numerosos entes preguntándose a sí mismo cuántos de ellos serían realmente personas y cuáles de entre estos llegarían a la inmortalidad. No obtuvo respuesta válida, esto era invariable, y eligió cerrar los ojos para hacerse menos daño.
El bar no residía lejos de su casa, y mucho menos de su mente, por lo que llegó rápido a buen puerto. Aquella taberna era deliciosamente repugnante, sita en una esquina mugrienta de travesías olvidadas en donde sólo prostitutas y toxicómanos poseían el billete de vuelta. Dentro no pasaba el tiempo. El pasado no existía, el presente se atascaba eternamente y el futuro era imposible.
Barra llena de deseos frustrados, tras la cual aparecía el único sobrio del momento, y justo en frente unas cuantas mesas y sillas sin importar el orden o el concierto. En un rincón perdido, un pequeño lavabo saturado de desdichados vómitos. Poco más allí dentro.
Nuestro hombre apalancó su cuerpo en el último taburete de la primera fila y con el juicio descansando en su lecho berreó del modo más apto para que el camarero le sirviera un whisky.
Continuará...
Óscar.
Por: Israel Mondejar | Literatura | Comentarios (0) | Referencias (0)
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